sábado, 30 de junio de 2012

Por la mirilla: observaciones de gimnasio





    Cierto es que tengo fama entre los que me rodean (reconozco que justamente merecida) de ser tremendamente escrupulosa. Intentando buscar una explicación a esta peculiaridad he llegado a la conclusión de que es posible que se deba a mi capacidad de observar el mundo hasta el punto de percatarme de detalles que para otros son realmente imperceptibles. Hoy me he levantado dispuesta a inaugurar esta sección: en primer lugar para, si se me permite, intentar justificarme y de paso para compartir con vosotros esas pequeñas anotaciones de mi mente que me vuelven taruta, pero ¡ojo!: corréis el riesgo de convertiros (como yo) en personas especialmente "sensibles" al medio.

    No sé muy bien por qué pero el vestuario de un gimnasio es ese lugar donde todos perdemos el pudor y nos comportamos como si estuviéramos solitos en casa en la más absoluta intimidad (bueno, ese y el asiento de piloto de un coche mientras esperamos un semáforo en rojo, pero eso da para otra entrada...). 
    Hace un par de días llegó de la ducha una señora de unos 65 años con una toalla de dimensiones ridículas para su embergadura. Tras un insistente refregoteo por todos sus pliegues sacó un bote de desodorante en roll-on que paseó abundantemente por sus axilas, después por su hucha trasera y sí: bajó y bajó hasta que la hucha perdió su santo nombre, quedando atrapado el pobre bote entre las profundidades de sus nalgas. Pero no acabó aquí su recorrido sino que tras conseguir rescatarlo de su pliegue mayor se lo paseó por delante y por detrás de ambas orejas mientras me hablaba del tiempo con la mayor naturalidad del mundo. No sé cómo logré seguir la conversación, pero lo cierto es que no podía dejar de observar esa parte del moflete de su cara que brillaba húmeda de desodorante (mezclado sabe Dios con qué tipo de secreciones) en la que probablemente minutos más tarde se señalaría diciéndole a su nieto: "¿No le das un besito hoy a la abuela?"

    Sólo espero dos cosas: que esa señora no tenga un nieto besucón y que su nuera no la reconozca en esta publicación.

¡Pasad un buen día!

6 comentarios:

  1. Yo he vivido muchas duchas de gimnasio y he visto muchas cosas así puesto jamás las percibí desde esa manera de ver la vida, si los venidas están locos tu eres mío genio favorito y que afortunado me siento de compartir un poco de esta vida contigo,mil besos desde Madrid con mi princesa en brazos

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  2. Se me frunce la frente al imaginarme ese pobre roll on atrapado en esas profundidades, como se le ocurre a la gente hacer estas cosas, si hacen esto en publico (aunque sea restringido) que no harán en la intimidad, pobre papel higienico, besitos de Tenerife

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  3. Ese episodio tienes que hablarlo con tu psicologo, de otra forma puede ser que más adelante tu subconsciente te juegue una mala pasada y hagas un uso inadecuado del susodicho roll-on.
    Saludos.

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  4. Solo queda partir una lanza en favor de la señora, "ella creía que era un masajeador corporal" de todas formas hay que darle gracias de que no usara un desodorante en spray. Un saludo

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  5. Jeje, ya veo que no vais a usar nunca un roll-on de dudosa procedencia. Paco: mi psicólogo está al tanto. Anónimo: Yo creo que hubiera preferido el spray...
    ¡Besos!

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  6. Jajaja, buenísimo, tienes arte describiendo y una puede hasta ver a la señora con toda su envergadura y la mini toalla, ver la ondulación de sus carnes al ritmo del desodorante masajeador, y sobre todo tu cara, que debía ser un poema...

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